Nuestra época presenta una difícil paradoja en lo que respecta al amor en pareja: no lo habíamos necesitado tanto, pero nunca había sido tan difícil amar. Antes nos unía la religión, la tradición y las costumbres, en definitiva, fuerzas sociales. Antes existían familias extensas y la gente se casaba ¨ hasta que la muerte los separase¨ y la mayoría de la gente honraba ese juramento, aunque no hubiese amor.
Ahora nos une el amor en pareja, y de ese lazo, algunas veces etéreo y desconocido, depende la profundidad de los vínculos que establecemos. En esta era la soledad y el anonimato, el amor es la única alternativa de encontrarnos.
Y no obstante le apostamos al narcisismo y no tenemos espacio para otro de verdad. Los modelos de amor de los que disponemos son a veces hasta patéticos, los imaginarios que manejamos sobre el amor son ridículos. Cabalgamos entre los que nos muestran las películas y nos dice Corin Tellado y es parte de nuestra frustración amorosa. Y lo que más me impresiona es cómo si todo el tiempo buscásemos el amor, nos empecinamos en una inconsciencia deliberada sobre las verdades del amor, el alma y la existencia.
El amor del ser humano hacia el otro es quizás lo más difícil a lo que nos tengamos que enfrentar en nuestro hoy. Lo último, la prueba de fuego, la tarea final, ante la cual todas las demás tareas no son otra cosa sino preparación. Solo en este sentido, es decir, tomándolo como un reto y una oportunidad, es como deberíamos valernos del amor que se nos es dado.
Es imperioso que hagamos una revolución en cuanto a nuestra actitud amorosa. Ya no tenemos salida, o aprendemos a amar o caemos en el abismo. Y esta revolución empieza por revisarnos profundamente y volver a darle al amor su grandeza, mientras nosotros volvemos a una sana pequeñez. Y por eso precisamente porque el amor es la prueba suprema para la cuales todas las otras son preparación, no solo creo que tiene que haber segundas oportunidades en el amor, sino que estoy convencida de que no hay amor sin segundas, terceras, cuartas oportunidades.
Cambiemos la lógica, dejemos de pensar que el amor llegara de la nada y nos arreglara nuestra vida por arte de magia, más bien asumamos que debemos aprender a vivir y una vez tengamos la grandeza para honrar la vida, entonces estaremos listos para el amor. Debemos tener algo para entregarle: madurez, fuerza espiritual, coraje, libertad, realización, sabiduría, responsabilidad afectiva.Por eso creo que el amor no se construye solo y que no sabemos distinguir la etapa del enamoramiento con el verdadero amor.
El amor no es para principiantes, aunque en el amor todos lo somos. Por eso debemos verlo como algo supremo. Por eso tendremos que chocarnos varias veces, tendremos que herir nuestro ego, hacer malas elecciones, reconocer nuestra deshonestidad y romper nuestro infantilismo, hasta que el amor tenga tiempo de florecer sin desgarros. Tendremos que perder muchas veces para ganar.
Si aceptamos que no hay amor sin muchas oportunidades, que en el amor no existe la suerte de principiante, si nos atenemos a que el camino será largo y lleno de curvas entonces podremos preguntarnos: ¿qué es lo crucial para atravesar las crisis, para aprender a caernos y levantarnos?
Creo que debemos tener una visión aterrizada, no pedir lo imposible, no exigirle al amor, desde la primera mirada que dure para siempre, no pedirle que no duela nunca, no esperar de el una completa comodidad, no pedirle certezas totales, no ponerlo al servicio de su susceptibilidad, no molestarnos cuando el amor nos muestre sus farsas y sus verdades incomodas, no le pidamos llenarlo del pasado y no urbanizarlo con el futuro que deseamos. Y también estar consciente que a veces muere, como las personas, sabiendo que a diferencias de las personas, el amor renace.
Después de la muerte, viene la actitud, con dos opciones: o nos victimizamos, cerramos el corazón y peleamos con la vida por ingrata, o nos paramos, abrimos el corazón, afinamos los ojos para ver qué fue lo que pasó y lo qué tenemos que aprender de la historia y nos acercamos un poco más a nosotros mismos y a la vida, entendiendo que si somos sensatos la verdadera historia de amor nunca termina. El dolor a veces nos transforma. Dejemos que la visión del amor se nos caiga, revisemos las apuestas que hicimos para proponer cambiarlas. Es un tema de higiene afectiva, tenemos que aprender a vivir los duelos, y esto lo conseguimos sintiendo, aceptando, pagando deudas con nosotros mismos, cerrando ciclos, haciendo despedidas.
Hacer un duelo es saber soltar, desilusionarse y reconocer. Es también un acto de humildad: el amor no es como nosotros queremos que sea, sino a veces como la vida quiere. El duelo no es la enfermedad, es nuestra mejor medicina ante un adiós.
El amor es un camino, que se merece más de un tropiezo, más de un error, más de una oportunidad y más de un adiós.